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(2006)
13.5 x 20.5 cm
Español
72 páginas4 |
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| Hay un tono atemporal, desubicado, en los poemas de El Horizonte. Es claro su arraigo en los sitios y épocas del autor, mas podrían muchos versos pasar por justas traducciones del griego o latín clásicos. Se acercan a ese pulimento y pulcritud. Más que ademán estilístico, es efecto del método de composición. Estos poemas nos presentan una vida destilada, analizada en el sentido químico del término, descompuesta en sus elementos (presocráticos), y vuelta a armar, mostrada, en cada poema. Trátese del registro de un recuerdo, de un ámbito, de un afecto o rencor, el poema no lo deja como lo encuentra. Elige lo que cuenta, lo que suma, lo que hiere o consuela verdaderamente el corazón, y le da lugar de privilegio: lo nombra, clara y directamente. El horizonte es figura colmada de resonancias míticas y filosóficas; aquí no se explota eso con facilismo. Se trae a cuenta como el marco sencillo, e inmejorable, de estos poemas sencillos. La sencillez ardua de la que se ha eliminado lo superfluo. |
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Fragmento de El Horizonte
Nereidas
La mirada se zambulle en la espalda del mar
y regresa con las olas que rompen a mis pies.
El día parece caer lejos de la costa, pero se alza al fin,
cogido de las puntas por pelícanos.
Hablo del amor que me trajo aquí y no alcanza sino piedras.
Del odio que llamo amor, de la furia del mar apacible,
del pozo que llamo muerte y me alimenta.
Vine a vaciarme de este amor, cetáceos,
a deshollarme y que me vean cual soy,
si tengo un alma o sólo un faro que parpadea ceniza.
Vine a confesarlo todo, diosas,
y no digo nada que sea mío.
Ustedes que ignoran a la bestia
y describen signos en las profundidades
y a lo lejos parecen eternas, ayúdenme a volar,
a morir,
¡a volver bajo las aguas!.
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